Noticias censuradas de América Latina

por Ernesto Carmona
El Proyecto Censurado de la Universidad de Sonoma State, California, rescata las historias periodísticas más relevantes pero más ocultadas por los grandes medios corporativos transnacionales (http://www.proyectocensurado.org/). Actualmente prepara su Informe Censurado 2010/2011 con las 25 historias periodísticas de todo el mundo más silenciadas. Entre las casi 400 noticias “nominadas” para determinar las 25 historias “top” de ese informe, se consideraron numerosas que atañen a América Latina. En esta sección reproducimos algunas de ellas publicadas en argenpress.info.

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Veeduría, una nueva propuesta editorial
Con el propósito de ampliar su oferta editorial, con contenidos que traten temas de coyuntura, más ahora que los medios de comunicación han adoptado, como nunca antes, un papel protagónico en el devenir social que les ha convertido en el centro de un debate sobre su forma de informar, el CIESPAL presenta una nueva colección, Veeduría, que no pretende ser un juez de los medios de comunicación sino un espacio abierto a múltiples voces que ofrezcan sentidos plurales a esa oferta, un escenario en el que sus lectores puedan tener elementos de juicio, que les permitan formarse una opinión crítica sobre el papel que juegan los medios de comunicación en la sociedad contemporánea.
 
 
El primer número de esta colección está a cargo del periodista español Pascual Serrano, con el libro Medios violentos Palabras e imágenes para el odio y la violencia, en el cual el autor rompe el mito de que todos los medios de comunicación rechazan la guerra, la violencia, el odio o cualquier manifestación de agresividad al presentar numerosos ejemplos de la implicación de muchos medios en el fenómeno de la guerra y en el fomento del odio, a través de sesgos informativos, tergiversaciones y silencios, xenofobia y racismo e incluso un culto a la guerra y las armas.
 
Serrano demuestra cómo bajo el mensaje y la impresión generalizada de que los medios suelen adoptar un papel pacifista y condenatorio de la violencia, eso no solo que no siempre es así, sino que pueden llegar a ser grandes aliados de la guerra y la agresión. Con ejemplos claros demuestra, por ejemplo, que los medios tuvieron un papel fundamental en el conflicto de Yugoslavia, que han sido condenados por el Tribunal Internacional por crímenes de guerra en el genocidio de los Grandes Lagos, que han liderado un golpe de Estado en Venezuela o que siembran el odio religioso en la India. 
 
Al mismo tiempo, dice el periodista español, criminalizan y satanizan a grupos sociales incómodos o líderes políticos díscolos como preparación previa para la represión o la agresión militar. A todo ello se suma su participación en la psicosis antiterrorista, bien rentabilizada por los Estados Unidos. 
 
Esta obra destapa con numerosos y elocuentes ejemplos, la implicación criminal que los medios de comunicación pueden llegar a tener en el fomento del odio, sesgos informativos, tergiversaciones y silencios, xenofobia y racismo e incluso culto a la guerra y las armas. Todo ello sin obviar propuestas para un debate sobre la comunicación que pueda promover salidas y alternativas a esta situación. 
 
Al momento, se encuentra en preparación el segundo número de esta nueva colección, que tratará sobre los estándares de calidad de los medios nacionales.

 
Prólogo de Medios violentos

Históricamente, todos los grupos sociales han buscado recurrir a medios y estrategias de comunicación para transmitir al resto de la sociedad sus principios, valores, modelos e intereses.

Del mismo modo, la violencia de origen político y social siempre está presente en las sociedades, bien la protagonizada por grupos que se rebelan contra el poder establecido, bien la utilizada por este propio poder, o simplemente en las condiciones de vida de los ciudadanos que conllevan una determinada dosis de violencia.

Estos dos elementos –comunicación y violencia– confluyen cuando el discurso es utilizado para legitimar o desautorizar esa violencia. Al fin y al cabo, no nos debemos engañar, es prácticamente imposible informar de elementos relacionados con la violencia, la guerra o el odio eliminando el juicio de valor. El panorama se agrava cuando la capacidad de comunicar está distribuida desigualmente en nuestras sociedades. 

Desgraciadamente, la ciudadanía no siempre tiene suficiente preparación para enfrentar las claves y estrategias comunicacionales, más aún en un tema tan fácilmente maleable por las emociones como es la violencia. Puede parecer que el mensaje generalizado en los medios de comunicación, al menos en el mundo que se denomina desarrollado, es el rechazo a la guerra, al odio, o a cualquier manifestación de agresividad, bajo la creencia y la impresión generalizada de que los medios suelen adoptar un papel pacifista y condenatorio de la violencia, eso no solo no es siempre así, sino que pueden llegar a ser grandes aliados de la guerra y la agresión. Ese es, por tanto, el primer prejuicio a desmontar en este libro.

Esta obra no se trata de un análisis del control de la información y el uso de la propaganda que se desarrolla durante las guerras, algo que ya explicó acertadamente Ignacio Ramonet en el capítulo “Conflictos bélicos y manipulación de las mentes”, en su libro La tiranía de la comunicación1. Ramonet nos relata cómo los Estados Unidos comienza a reclutar a los directores de Hollywood en los años 40, para que “expliquen” las razones de su intervención en la Segunda Guerra Mundial, y cómo Vietnam fue el punto de inflexión en el papel de la prensa. En esa guerra, por primera vez en la historia, los medios de comunicación denunciaron el comportamiento cruel de sus propios soldados en un conflicto. Desde entonces se acabó la política gubernamental de conceder acreditación automática para ir al frente o al lugar que desee a cualquier periodista. En septiembre de 1986 la Alianza Atlántica elaboró un informe sobre cómo comportarse con los medios de comunicación durante un conflicto bélico. Pero, como decíamos, lo que nosotros vamos a abordar no es esto, sino cómo se siembra el odio y se preparan las condiciones de apoyo popular para iniciar la guerra contra una nación o la agresión a un grupo social, cultural o étnico. 
 
De otra forma no se puede explicar, por ejemplo, que dos países se encuentren en guerra si sus pueblos no quieren. Sin embargo, dos encuestas, en los Estados Unidos y en Iraq, difundidas en septiembre de 2007, nos ofrecen algunos datos elocuentes. La primera de ellas está realizada por la empresa de sondeos Gallup y publicada en el periódico USA Today, y descubre que solo el 35 por ciento de los estadounidenses declara que su gobierno debería mantener las tropas en Iraq hasta que la situación mejore. Es más, seis de cada diez consultados aseguran que la administración Bush engañó a la opinión pública para lograr invadir a ese país, se trata del mismo porcentaje que exige que el gobierno estadounidense fije un día para la retirada.
 
Si nos vamos al país árabe, podemos observar el sondeo de las cadenas BBC/ABC, según el cual un 85 por ciento de los iraquíes declara tener poca o ninguna confianza en las fuerzas ocupantes. De hecho, entre el 67 por ciento y el 70 por ciento de los iraquíes encuestados opina que el aumento en el número de tropas ha obstaculizado las condiciones para el diálogo político, la reconstrucción y el desarrollo económico, por lo que un 47 por ciento cree que deben abandonar el país inmediatamente y un 60 por ciento opina que los ataques contra las fuerzas lideradas por los Estados Unidos son justificados.
 
Por tanto, procede volver a la incertidumbre anterior sobre por qué razón se mantiene esa ocupación militar sin que la población estadounidense se rebele. Podríamos comprender que un país esté masacrando a otro, siempre que el primero cuente con el apoyo de su población, algo así vimos en la política expansionista de Hitler en la Alemania nazi, pero lo de los Estados Unidos en Iraq todavía es más grave, porque ha logrado crear un modelo de sistema político que puede convivir con una guerra que no es aceptada ni siquiera por el bando que la promueve e invade, aun habiendo terminado el año 2007 con casi 4 000 soldados muertos. 
 
La socióloga Ángeles Díez plantea de qué forma la ausencia de entornos de debate colectivo y ciudadano en las sociedades modernas ha permitido que las mentes estén más expuestas y vulnerables a los medios de comunicación:
 
A medida que la sociedad moderna se ha ido fragmentando y atomizando y han ido desapareciendo los espacios y tiempos de interacción social (los centros de trabajo, los sitios de reunión, etc.) la única fuente de información han pasado a ser los medios de masas. Solo ante el televisor, atrapado en el atasco oyendo la radio, leyendo el periódico mientras come, el individuo tiene un papel insignificante en la “construcción de la noticia” y sus significados. De este modo, la propaganda tiene mayores garantías de éxito. Por otro lado, los medios consiguen multiplicar los efectos de la propaganda como nunca antes, ya que actúan sobre muchos individuos simultáneamente. Ningún mecanismo que contrarreste sus efectos tiene la misma capacidad.
 
Pero el asunto puede percibirse con otra gravedad añadida. La preponderancia de los medios de comunicación no solo ha desplazado a los foros ciudadanos de debate y confrontación de ideas, sino que también está terminando con las instituciones. En noviembre de 2007 comprobé en la prensa regional cómo un grupo político en la oposición de un parlamento provincial convocó a una rueda de prensa para hacer  determinada denuncia y a los pocos minutos el vicepresidente de esta institución convocó a otra para responder a las acusaciones. Es decir, la exposición de criterios y el correspondiente debate fue desplazado de su foro legítimo, el Pleno de la Diputación Provincial o la Comisión correspondiente, para irse detrás de las grabadoras y micrófonos de los medios de comunicación. De un plumazo desaparece el procedimiento democrático de debate y legislación para ser ocupado su espacio por el show. Ni contraste de pareceres, ni regulación por parte de presidente alguno, ni actas, ni ningún otro elemento que, mediante una larga trayectoria legislativa, haya ido conformando el funcionamiento de una institución. 
 
En realidad, la culpa, a mi entender, no es de los políticos, sino del modelo informativo dominante que hace tiempo abandonó la cobertura informativa de las instituciones, y por tanto el derecho ciudadano a estar informado de lo que allí sucede, para imponer su propio formato de ruedas de prensa y declaraciones. Todos sabemos que en el desarrollo de los plenos de la mayoría de las administraciones no hay medios de comunicación recogiendo lo que allí se debate y decide.
 
Algo similar sucedió al día siguiente en Madrid, el entonces presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), Francisco José Alcaraz, declaró en la Audiencia Nacional acusado de un delito de injurias y calumnias graves contra el presidente del gobierno. Su comparecencia ante el juez fue breve y se negó a declarar ante el abogado de los querellantes, sin embargo sí lo hizo ante los periodistas que le preguntaron a la salida del tribunal y durante más tiempo del que dedicó al juez. Es ahora el poder judicial quien también se ve suplantado por el poder de los medios.
 
Si a eso añadimos que prácticamente todos los poderes de la sociedad tienen su correspondiente contrapoder más o menos eficaz –frente al gobierno, la oposición; frente al empresario, el sindicato;  frente a las empresas, las asociaciones de consumidores, etcétera…–, solo nos queda constatar que no hay contrapeso alguno que sirva de control democrático a los medios de comunicación. Los códigos de autorregulación no están siendo cumplidos, el control sobre la veracidad de los contenidos no existe y la pluralidad no cuenta con ningún reglamento que la garantice. 
 
El 10 de julio de 2007 se supo que en tan solo 14 semanas, las televisiones españolas infringieron 9 000 veces el código de autorregulación referente a la infancia, según un estudio de la Universidad Rey Juan Carlos. Se emiten series de adultos en horario infantil restringido, existen contenidos inapropiados en los dibujos animados, aparecen trailers y promocionales con “infracciones de comportamiento social, temática conflictiva y violencia”, “una mayoría de comentarios son soeces o inadecuados” o no se cumplen en los informativos los criterios mínimos sobre violencia. También denunciaba el informe la presencia abusiva de “imágenes de cadáveres y heridos graves” o “la crudeza” con que se trata la violencia de género en ellos. Y todo esto, recordemos, atendiendo a criterios de regulación elaborados por los propios medios y aún así no los respetan. Y lo que es peor, no existe forma de conseguir que lo hagan.
 
Quizás este panorama puede ayudar a explicar que en países como Bolivia o Venezuela grupos indignados de ciudadanos descarguen su ira contra las sedes de televisiones y periódicos hartos de su modo de operar; son el mismo pueblo que pedía la cabeza de los monarcas absolutistas en Francia. Y tenían razón.
 
Para promover y convencer de la guerra y la violencia, los medios deben actuar en varios frentes simultáneos: la legitimación, frivolización y trivialización de la violencia y de la guerra; la parálisis provocada por el terror que esos mismos medios logran inculcar; la desinformación premeditada y continuada de las claves que permiten comprender la política internacional para lograr interiorizar la ausencia absoluta de responsabilidad, influencia y capacidad de intervención del ciudadano; y el poder para silenciar a las voces y organizaciones que puedan dejar en evidencia su plan de dominio colectivo.
 
Es escalofriante cómo pueden convivir de forma tan dramática la ausencia de restricciones importantes a la libertad de expresión y el alcance y la eficacia de los métodos utilizados para reprimir la libertad de pensamiento y acción. Es el sistema que Noam Chomsky denomina “lavado de cerebro con libertad”: “La censura literal apenas existe en Estados Unidos, pero el control del pensamiento es una industria próspera, ciertamente indispensable en una sociedad libre basada en el principio de decisión de la élite y en el respaldo o pasividad del público.”3 Las democracias representativas occidentales están logrando dominar las mentes e inmovilizar los cuerpos y para ello el papel y la función de los medios de comunicación están siendo fundamentales.
 
Por último, no podemos obviar la forma en que está afectando la irrupción de Internet. Es evidente que ha abierto el espectro ideológico recuperando voces y colectivos laminados por el panorama mediático, pero también la red puede colaborar en el aislamiento del individuo encerrado en su casa frente al ordenador. Paradójicamente, el aumento de la oferta informativa podría ayudar a la desmovilización, puesto que la pérdida del espacio común de encuentro más allá del virtual no deja de avanzar. Incluso el ciberespacio está ofreciendo propuestas falsas de activismo social. Nos preguntamos ¿qué sentido tienen esas campañas de recogida de firmas virtuales si no van acompañadas de más acciones sociales y políticas?, ¿no pueden intentar crear la falsa sensación de compromiso político que ayuda a tranquilizar conciencias?, ¿puede cambiar políticas el simple hecho de que mil, 10.000 ó 100 mil internautas firmen un comunicado a favor o en contra de determinada decisión gubernamental?   
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