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Por José Villamarín Carrascal
Ni un medio o una agencia de noticias inglesa pudieron haber hecho mejor apología de la monarquía como lo hizo la agencia alemana DPA, a propósito de los 60 años que, a inicios de junio, Isabel II conmemoró como reina de Inglaterra “por la gracia de dios”.
Apología por la monarquía o relaciones públicas a favor de la reina madre, el hecho es que, a inicios del tercer milenio, resulta patético leer lo que la agencia de noticias germana escribió en la nota titulada Elizabeth, la reina que “salvó” a la monarquía, reproducida sin beneficio de inventario por diario El Comercio (6/VI/12).
Comienza este panegírico (que más suena a un anhelo) expresando que “Puede ser que algún día se le llame ‘Isabel, la grande’”, aunque para ello, dice, habrá que “comparar su reinado con el de otras monarcas destacadas en los mil años de historia de la Corona británica”.
¿Cuáles son las características que debe tener una reina para que sea dignamente llamada “La grande”? Para el periodista autor de esta nota, la más importante es la cantidad de súbditos. Pone como ejemplo el caso de la reina Victoria, tatarabuela de Isabel II, quien tenía como súbditos nada menos que a un cuarto de la población mundial. Si súbdito viene del latín subditus que significa someter (lo dice el diccionario de la propia Academia de la Lengua Española que, por más señas, es Real), resulta, entonces, que para ser considerada “grande” había que someter a la mayor cantidad de personas. Según esta lógica, mientras a más personas somete, más grande será la Reina. Desde el punto de vista monárquico eso era lo correcto. ¿Lo es desde el criterio de un ciudadano del mundo “libre y democrático” al cual se supone pertenece el autor de esta nota? Se creería que no. Pero, al parecer, no ha sido así.
Veamos otra perla de este panegírico. El periodista de la agencia alemana dice que la Reina Isabel II, “En sus 60 años de reinado, con dignidad, saber hacer y moderación, ha llevado a la monarquía británica, muchas veces dada por muerta, a niveles de popularidad inesperados”.
Bueno, si de alabar a la monarquía se trata, lo mejor es refundir en un sitio inaccesible al manual de estilo, pues este prohíbe expresamente opinar en una noticia. Por eso, lo primero que hizo el periodista fue, exactamente, lo contrario: opinar. De hecho, los calificativos “con dignidad, saber hacer y moderación” le corresponden a él y no a ninguna fuente como exige un manual de estilo.
Continuemos con las faltas al manual de estilo. Para argumentar que la dignidad de la Reina Isabel II ha llevado a la monarquía británica a “niveles de popularidad inesperados”, el periodista echa mano de una cifra, al parecer, contundente: un 80% de británicos apoya a la monarquía. ¿Cuál es la fuente de este dato? En la práctica, ninguna, pues hace referencia a una generalidad: los sondeos. Textualmente afirma: “Un 80% de británicos según los sondeos apoya a la monarquía”. ¿”Según sondeos”? ¿Cuáles sondeos? Bien que refundió el manual de estilo, pues, si se basaba en este documento (básico para todo periodista), se habría dado cuenta que un dato de esta naturaleza, para que tenga credibilidad, debe estar sustentado en una fuente real, confiable, y no en una generalidad cualquiera.
Y si se trata de echar mano de las generalizaciones como una estrategia para crear una buena imagen, aquí va otra: “…esta anciana dama ha conseguido entusiasmar por la monarquía a las nuevas generaciones. Decenas de miles de jóvenes han gritado estos días ‘hip, hip, hurra’ en honor a la Reina”. ¿Decenas de miles? ¿Dos, cinco, nueve decenas de miles? Sí hay una pequeña diferencia, por ejemplo, entre dos y nueve decenas (veinte y noventa mil jóvenes), ¿verdad? Pero si las imprecisiones llevan a hacer unas buenas relaciones públicas en beneficio de la vieja monarquía inglesa, qué importa. Por eso, mejor gritemos todos un “¡hip, hip, hurra” por el periodismo pro monárquico.
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