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El pasado miércoles 21, elcomercio.com (versión on line del matutino quiteño El Comercio), publicó una nota titulada “Fuerte polémica entre Fernando Alvarado y Carlos Vera padre e hijo”. Publicado en un medio “serio” (término acuñado para diferenciarlos de los medios “amarillistas”), el lector común y corriente habrá asumido que se trata de un tema de trascendencia política. ¿Y con qué es lo que se encontró el lector?
Primero, con una incoherencia entre el titular y el contenido. En efecto, en el desarrollo de la nota se reprodujo exclusivamente lo que dijeron Carlos Vera padre e hijo y no el contendor. ¿Dónde está, entonces, la polémica de la que se habla en el título? Lo polémico, más bien, es por qué se ejerce este tipo de periodismo, cuyos titulares oscilan peligrosamente entre lo que se conoce como titulares vendedores y titulares mentirosos.
Segundo, y lo que me parece más peligroso, es la tendencia a banalizar la política. De hecho, diez de los 15 párrafos (o sea las tres cuartas partes de la nota) son una reproducción textual de insultos, chismes, dimes y diretes de Carlos Vera y su hijo en contra del funcionario gubernamental, todos los cuales fueron tomados de sus cuentas de Faceebook y Twitter. No hay procesamiento de la información, no hay contextualización, no hay interpretación, en suma, no hay un trabajo periodístico. ¿Facilismo? ¿Quemimportismo? No lo sé; de una sola cosa estoy seguro: es una falta de respeto a las audiencias (más aún si elcomercio.com es de los periódicos electrónicos con mayor índice de lectura). ¿Qué habría sido lo periodístico? Reducir esos diez párrafos de insultos y chismes máximo a dos, donde se interprete lo que dicen Carlos Vera padre e hijo, en función del interés público (si es que lo había) y, por elemental principio ético, dar espacio también a las respuestas del aludido.
¿Y…? ¿Para qué? Así no más, rápido, rápido…
Parece que se les olvidó que la función del periodista es la de seleccionar, valorar y procesar los hechos y opiniones que se producen en el entorno, y dar a conocer solo aquello que se considera realmente significativo, además de no convertirse en una caja de resonancia de nadie. Menos, todavía, en caja de resonancia del chisme y del insulto. (JVC).
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