Desde los titulares

Los titulares en la prensa escrita son fundamentales, no solo porque destacan lo que es más importante, desde la perspectiva del medio, sino porque orientan el sentido que el lector debe dar al cuerpo de la noticia. Más importantes aún porque la inmensa mayoría de los lectores se queda en los titulares y pies de fotos y unos pocos avanzan en su lectura al primer párrafo. De ahí que lo que se diga, cómo se diga y lo que se deje de decir en un titular es un gran indicador de los niveles de calidad y ética periodística  de un medio. Por ello editores y periodistas éticos deben prestar mucha atención a estos aspectos de ese elemento fundamental del medio impreso. Con este criterio y con el propósito de llamar la atención a los medios sobre este aspecto trascendental ofrecemos esta sección. 

 

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El silencio discursivo como poder

Hace poco, Juan Goytisolo era contundente: “si lo información es un poder, la ausencia de información es un poder mucho mayor”. Efectivamente, el poder simbólico de los medios (es decir, la capacidad de influir en la opinión y en las acciones de las personas) se viabiliza de manera efectiva no solo a través de lo que se dice o cómo se dice (son los dos niveles de la llamada “agenda setting”) sino también de lo que no se dice, lo cual es potenciado por un hecho importante: para mucha gente la realidad que existe es la que recibe a través de los medios, especialmente aquella  no muy cercana a su situación espacio-temporal.

Y lamentablemente esta estrategia retórica, denominada “silencio discursivo”, se da con alguna frecuencia en los medios. Desde luego, siempre habrán silencios, omisiones, pues no es posible que el medio dé cuenta de toda la infinidad de hechos que se dan en la realidad. Por eso, cuando hablamos de “silencio discursivo” nos referimos al silenciamiento intencional de acontecimientos noticiosos; es decir, de hechos de importancia pública que los medios están obligados a difundir como noticia. Por ejemplo, la agresión verbal y física a una asambleísta.

El 11 de abril de 2012, la Asamblea Nacional de Ecuador puso en la agenda una vez más el proyecto de ley de comunicación, proceso que ya lleva casi 3 años. Fue una sesión caótica, donde abundaron discursos e insultos, algunos de tono racista como el de Dalo Bucaram a  Pedro de la Cruz. Luego de la sesión, que fue suspendida hasta nuevo aviso, la asambleísta María Augusta Calle fue “agredida verbal y físicamente”, según su propia versión dada a los medios, por un integrante del grupo (K´abreados), que fue detenido por la policía. Sin duda, este es un hecho que desde la perspectiva periodística, exenta de posiciones políticas, debe ser considerado como noticia.

Con este criterio hicimos un análisis de la información publicada al siguiente día (12 de abril) en algunos diarios nacionales. Aunque todos dan un gran despliegue a la jornada legislativa de ese día, la mayoría oculta esa noticia, los resultados son una evidencia clara de ese “silencio discursivo”.

El diario la Hora no dice absolutamente nada sobre el incidente.

El Expreso, en su “Frase del día” (p. 3) cita brevemente a María Augusta Calle cuando ella denuncia la agresión y afirma que no va a permitir que se “mancille su honra”, entre paréntesis el diario señala que esa cita es “en relación a la agresión verbal” y obvia lo de la agresión física. Esta minimización del hecho contrasta con el despliegue que sí da a lo que el diario califica como “agresión verbal que los “oficialistas” dieron a su “ex compañero  Washington Cruz”, que va como pie de una gran foto (más o menos de 50 cm/col).

El Comercio no dice absolutamente nada sobre lo acontecido con la asambleísta Calle, tampoco El Universo.

En el diario Hoy, hay una brevísima alusión al hecho en  su página 2.

La excepción es El Telégrafo, diario en el que hay una nota, de unos 20 cm/col, con el título “Uno de los K´abreados habría agredido a María Augusta Calle”.

Cabe recordar las reflexiones  que Noam Chomsky hace sobre uno de los recursos de la propaganda: lo que él llama “víctimas dignas” y “víctimas indignas”, calificaciones dadas según el alineamiento político del medio. Las primeras son las víctimas funcionales a ese alineamiento, por ejemplo, los balseros cubanos que salen de la isla hacia Florida, son enfocados como héroes y mártires, “víctimas dignas”, según la prensa alineada con el poder hegemóminco. Los segundos son lo contrario, afectan a ese alineamiento; por ejemplo, las barcazas abarrotadas de latinos que se arriesgan por el Pacífico para llegar a Centro América y ulteriormente a los EEUU; son ilegales, un riesgo para la seguridad, son “víctimas indignas”.

Con estos elementos el lector puede sacar sus propias conclusiones sobre la minimización o silenciamiento de lo acontecido con M. A. Calle. Y también podría preguntarse cuál habría sido la información de estos diarios si la agredida hubiese sido Cinthia Viteri o César Montúfar, cuya posición era defendida por el grupo agresor, ¿habrían sido víctimas dignas o indignas?, ¿ese hecho habría sido digno de difundirse o no? (F. Ch.).

No hay duda que la ausencia de información es un gran recurso que usa el poder y que da poder. 

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