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Es cierto que el lenguaje es un ser vivo que muta constantemente, por lo que hay que estar atentos a las innovaciones, modismos, regionalismos, en fin. Por eso, cuando leí en diario Expreso (5/08/10) este título: “La fortaleza de las halteristas albicelestes contrasta con su fragilidad y vanidad femenina”, lo primero que hice fue reconocer mi ignorancia de no saber qué significaba esa palabra rara de “halteristas” (que ni siquiera se deja pronunciar bien).
Dos cosas hice de inmediato: mirar la fotografía que le acompañaba, leer el sumario o algo que me ubique al instante sobre qué está hablando el diario. Como no encontré nada, fui al diccionario de la Real Academia de la Lengua. Tampoco nada.
Leí el contenido de la nota y recién en el cuarto párrafo encontré una referencia a esa palabra que me hizo deducir que “halteristas” venía de “halterofilia”, es decir, que se trataba de chicas levantadoras de pesas. Pero no por ello la palabra deja de ser inventada… si no, que lo diga el Diccionario de la Real Academia.
Conozco cómo penan quienes están en la sala de redacción por sacar un buen titular. Pero si solo cambiábamos “halteristas albicelestes” por “levantadoras de pesas”, por ejemplo; o si se ponía un antetítulo que contextualice el hecho: o, en su defecto, en el sumario se explicaba el tema, habría mejorado mucho. Señores periodistas: ¡Siempre hay alternativas para ser más sencillos y menos complicados!
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