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En 1937, fue creado en Estados Unidos el Institute for Propaganda Analysis (IPA) con el propósito de educar al público de ese país acerca de la naturaleza amplia de la propaganda política que no solamente subyace en el discurso de ese tipo, sino que se manifiesta también en otros discursos como el mediático, el periodístico.
Inspirado por la experiencia del IPA, Aaron Delwiche creó un sitio en Internet sobre el tema (www.propagandacritic.com) en el que establece, analiza y ejemplifica siete recursos retóricos de la propaganda, dentro de los cuales (además de las generalidades deslumbrantes, juegos de palabras, adjetivaciones, etc.) está el eufemismo; es decir, el uso de palabras o frases que buscan minimizar el carácter indeseable o brutal de hechos o protagonistas para hacer aceptable lo abominable. Actualmente en el marco de las invasiones, guerras “preventivas” y acciones militares que se dan en el mundo, especialmente desde ese país, los eufemismos son más necesarios que nunca para minimizar el carácter brutal de esos actos criminales, para dulcificarlos.
Por ejemplo, en Estados Unidos a su misil MX lo llamaron “el pacificador”; los asesinatos de civiles (especialmente niños y mujeres) se denominan “daños colaterales”; a la tortura se la define como “técnica mejorada de interrogatorio”; a los bombardeos supuestamente a objetivos militares pero con bajas civiles se les califica de “quirúrgicos”; cuando un presidente de Estados Unidos (y lamentablemente esto es frecuente) ordena una invasión se dice que “dispuso el envío de marines”; los suicidios de los secuestrados en Guantánamo son “acciones manipuladoras de autodaño”; y un largo etcétera que se reproduce cotidianamente en las secciones de información internacional de los diarios de esta parte del mundo.
Esta retórica encubridora, que puede entenderse pero no justificarse que use el gobierno de un país que agrede a otros, es absolutamente rechazable cuando del periodismo se trata: del ético, que es el único que existe, porque el otro es propaganda que pasa como periodismo.
Si uno revisa la información dada por la prensa hegemónica occidental, especialmente de Estados Unidos, sobre las diversas guerras emprendidas en los últimos años por ese país contra otros más débiles (Somalía, Afganistán, Irak, etc.) encontrará ejemplos de esto a cada paso. Lo triste es cuando encontramos casos similares en la prensa ecuatoriana. Alfonso Sastre decía, refiriéndose a los países del norte, con ecos cacatuescos en los del sur: “llamamos ‘terrorismo’ a la guerra de los pobres y ‘guerra’ al terrorismo de los ricos.”
Un patético ejemplo de eufemismo nos da el diario El Comercio del 21 de enero de 2012 (p. 8). En casi tres cuartos de página reproduce una entrevista realizada por Alejandro Baena, del diario El Tiempo de Bogotá, a la periodista de BBC Mundo de New York, Emma Reverter, a propósito de la publicación de su libro “Guantánamo, 10 años”.
Una de las evidencias más brutales e impunes de violación sistemática de los derechos humanos se encuentra en la última década en la base militar de Guantánamo, enclave colonial en la isla de Cuba, regida por los EEUU. Desde el trágico 11S, en este “campo de concentración” han sido detenidos, torturados y violentados en todos sus derechos (algunos incluso han muerto) centenares de ciudadanos que fueron secuestrados en diversos países y llevados a este campo en las peores condiciones bajo la acusación de “terrorismo”.
Por ello, varios gobiernos del mundo, las Naciones Unidas, organismos de derechos humanos, Amnistía Internacional e, incluso, expresidentes de ese país (como Carter y Clinton), han criticado duramente lo que allí sucede y han pedido su cierre.
Al conmemorar diez años de la creación de esta infame prisión, Moazzam Begg, uno de sus sobrevivientes, sintetizó el drama vivido: “este es un aniversario de tragedia, dolor, tormento, familias desgarradas, una página oscura en la historia moderna de la humanidad. Es una historia de niños detenidos, de amputados detenidos, de ancianos, de personas detenidas sin cargos ni proceso durante una década por la nación más poderosa y democrática del mundo, que habla de libertad" (www.democracynow.org , 11/01/12).
Sin embargo de esta historia de dolor y de tragedia, de esta violentación impune (hasta ahora) de los derechos humanos, ¿cuál fue el título que El Comercio utilizó para esta entrevista?, el aséptico: Guantánamo, de una base naval a un pueblo “gringo”. En este juego de “antes” y “después” (como la publicidad de los centros de cirugía estética) los eufemismos utilizados por este diario escamotean, silencian, niegan la historia abominable de este escenario de la infamia, porque ¿qué tienen que ver denominaciones como “base naval” o “pueblo ‘gringo’” con lo que allí aconteció y sigue aconteciendo?, ¿fue realmente solo una “base naval”?, ¿es ahora solo un “pueblo gringo”?, ¿dónde quedan los torturados, mutilados, secuestrados sin garantías legales, castrados existencialmente?
Si bien es cierto que la responsabilidad de la entrevista y de su contenido final es del periodista de El Tiempo, el cómo se la titula es de El Comercio. Y aquí solo caben tres explicaciones:
1. Quien tituló es ignorante (raro en un medio que se considera profesional)
2. Le dio pereza (esto suele darse en combinación con 1, lo que potencia aún más los efectos) ir más allá del texto referido, investigar un poco para conocer los antecedentes (algo hizo pues hay un recuadro con estos, pero no sirvió de mucho), acercarse al contexto y condensar adecuadamente en el titular lo nodal de la historia, y
3. Hubo mala fe, el “titulador” quiso congraciarse con la propaganda imperial, contribuir a lograr una opinión pública favorable a ella, por eso el uso de un eufemismo que al negar la parte abominable de una historia, la dulcifica para justificar lo injustificable.
En cualquier caso, este es un buen ejemplo del eufemismo como recurso retórico de la propaganda que pasa como periodismo, haya sido consciente o no. En estos casos, adquiere más sentido lo que dijo Harold Pinter, Premio Nobel de Literatura 2005: “El lenguaje se usa hoy en día para tener controlado el pensamiento”; es decir, para condicionar las mentes a fin de que, al dulcificar lo abominable, se acepte lo inaceptable (FCh).
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